Carla Tog

Con la colaboración de Enrique Mosquera

 

Lamentablemente, la orientación y la política que tuvo IA frente a este giro reformista-electoralista impulsado por el sector Iglesias han sido funcionales a él. A pesar de ser los cofundadores de Podemos, de contar con figuras reconocidas y de la existencia real y concreta de un amplio sector de círculos críticos hacia los planteos y prácticas de Iglesias y su séquito, IA ha tenido una política de seguidismo y subordinación hacia las posiciones de Iglesias y una orientación de negar y callar el debate político, ocultándolo tras la discusión organizativa, defendiendo un modelo organizativo más democrático que el de Iglesias, donde la única diferencia sería que IA promueve más democracia interna.

IA no supo o no quiso dar la batalla política denunciando, enfrentando y diferenciándose de la deriva reformista de Iglesias. No quiso dar una pelea consecuente y hasta el final, construyendo una tendencia interna organizada, opuesta política y no sólo organizativamente a la actual dirección. Todo lo contrario, acatando el veto a la doble militancia propuesta por PI, IA se disolvió como partido, pasando a llamarse sólo Anticapitalistas, evidenciando burdamente la renuncia política a construir una organización revolucionaria, independiente, centrada en la clase obrera, sus métodos y sus luchas; evidenciando, al fin y al cabo, el abandono de la perspectiva socialista. Finalmente la hegemonía de Iglesias y la deriva reformista se impusieron.

Como explicamos más arriba, la intención del veto a la doble pertenencia, incluida en los principios éticos del documento “Claro que Podemos” presentado por Pablo Iglesias en la Asamblea Ciudadana, iba dirigido directamente a los militantes de IA, con la intención de acallar y anular las voces que cuestionaran su proyecto, cada vez más antidemocrático hacia adentro y más reformista hacia afuera.

Sin embargo, así no lo vieron los compañeros de IA, que lo “entendieron” (y así lo presentaron de cara al público y a su militancia) sólo como un obstáculo o impedimento para acceder a los cargos orgánicos en Podemos. Y ante este escollo cedieron disolviendo su partido, sin críticas ni diferenciación política de Iglesias y sin derramar una lágrima.

A poco de que se realizara la Asamblea Ciudadana, IA lanza un comunicado de prensa en el que hace públicas dos cuestiones: una, la decisión de acatar el veto a la doble militancia, aunque no estén de acuerdo con esta prohibición por considerarla un grave peligro para el pluralismo en el seno de Podemos y una medida totalmente ineficaz para conjurar el peligro de la llegada de arribistas a Podemos, los argumentos expuestos por Iglesias. La otra fue la celebración del congreso de IA (17 y 18 de enero de este año) “para adaptarnos al nuevo marco que ha decidido la Asamblea Ciudadana”. Asimismo, en el comunicado defiende que la organización “cambiará para poder seguir trabajando en el proyecto de forma leal como desde el principio”, dejando la puerta abierta a que estos “cambios” permitan a los militantes de IA participar en las elecciones a cargos orgánicos en Podemos a nivel municipal y autonómico.

Tal fue la propuesta de la dirección de IA, plasmada en el documento de la Coordinadora Confederal, hacia su Congreso: cambiar la “forma jurídica”, pasar a ser una “asociación” y llamarse Anticapitalistas. Asimismo, el documento plantea una caracterización de Podemos como el partido de la ruptura democrática frente al actual régimen, como una alternativa “nacional-popular” antineoliberal, aunque no necesariamente anticapitalista, y basándose en esto propone como tareas para el momento actual impulsar esa “ruptura democrática”, identificándola a lo largo del texto como la victoria electoral y el gobierno de Podemos, y la construcción leal de Podemos.

En cuanto a la caracterización, Podemos no es un partido de base obrera ni pretende serlo; es un partido que agrupa a las clases medias y sectores de la aristocracia obrera y pretende agrupar a los pequeños empresarios. Su programa no es de destrucción del capitalismo ni mucho menos de toma del poder por los trabajadores, pero tampoco es un programa de transición contra el poder capitalista ni por el reparto de la riqueza ni el fin de la propiedad privada. Los planteamientos económicos keynesianos o neokeynesianos, por muy antineoliberales que se autocalifiquen, siguen siendo defensores del orden capitalista, y para muestra está su propio llamamiento “a todos los sujetos sociales a construir un nuevo consenso social para el país”.

El término “ruptura democrática” es ambiguo. El texto lo explica como la ruptura con los actuales planes de la Troika y el austericidio. Pero ello no significaría necesariamente la ruptura con el capitalismo. La propia Syriza griega ha dejado claro que su postura no es ni la salida del euro ni la ruptura con la UE. A la vez, la ruptura con el actual régimen se plantea por la vía democrática (recuperar la democracia y período constituyente), enfrentándola al concepto de ruptura revolucionaria.

En relación con un hipotético gobierno de Podemos (y más si tuviese que ser en coalición con el PSOE, IU u otras fuerzas), no impulsaría necesaria e inevitablemente (como puede deducirse del documento presentado por la Coordinadora Confederal) un plan de satisfacción de las necesidades básicas de los trabajadores y el pueblo. No es un escenario imposible un gobierno de Podemos que se enfrente a los organismos populares y a los movimientos sociales en defensa de un nuevo acuerdo nacional que respete el orden burgués. Y por esto es que ese hipotético gobierno no podría ser jamás el nuestro.

Todo esto evidenció un corrimiento o giro en la política de IA; su proyecto estratégico se diferenciaba cada vez menos o coincidía cada vez más con el proyecto estratégico reformista de la cúpula de Podemos. Su militancia, su política y su programa se diluían en Podemos. Sus críticas no cuestionan de raíz al Podemos reformista de Iglesias, no le oponen una alternativa radicalmente distinta, intentan sólo mejorarla con más democracia interna. En pocos meses y con el justificativo de la efervescencia de la situación política, se pasaba de la construcción de una candidatura de ruptura como en las elecciones europeas a la propuesta de construcción leal de Podemos, oponiéndola a la construcción de una corriente interna y a la propuesta y luego efectiva disolución de IA.

Así lo reafirmaba Miguel Urban después del Congreso y formalizada la disolución. Cuando le preguntaron “¿En qué difiere al día de hoy Podemos de la organización que le hubiera gustado construir?”, la respuesta fue más que elocuente, “Participé en la construcción de un modelo organizativo alternativo en el que lo dejé claro, y creo que todo esto tiene que pasar a la práctica. La mayoría de la gente no está de acuerdo con las listas plancha o con el hecho de que muchas listas de Claro que Podemos no hayan sido completas (…). Estoy en contra de las listas completas con un modelo de votación de lista plancha porque elimina la pluralidad dentro del Consejo Ciudadano. (…) Creo que eso habrá que revisarlo en la próxima asamblea, porque es vital respetar la pluralidad”.

Es decir, la única diferencia que se tiene con el Podemos actual es en cuanto a su modelo organizativo interno, no su programa. A Urban le hubiera gustado construir un Podemos con un régimen interno más democrático, y eso se soluciona en la próxima asamblea proponiéndolo. Parece que construir un Podemos con un programa reformista no es objeto de crítica ni de preocupación.

Esta despreocupación la confirmó cuando le preguntaron si le molestaba que le encuadren entre los sectores críticos, diciendo lo siguiente: “Más que crítico, soy propositivo (…). Más que criticar otro modelo, diría que he propuesto uno que me parecía mejor, y cuando el primero ha salido elegido lo he aceptado, como han hecho entre el 90% y el 100% de las gentes de Podemos. Cuando dicen que soy crítico, respondo que sí, pero con las políticas del actual gobierno de la Comunidad de Madrid, no con Podemos; entre otras cosas porque les tenemos que dejar pasar la prueba de la práctica”.

En estas circunstancias, lo que se presentó como un cambio formal significó un cambio de fondo: prescindir de la forma partido. No se trata de una nimiedad, aunque se presente como consecuencia lógica de la actual trayectoria; constituye un salto cualitativo en su entreguismo al proyecto de Pablo Iglesias. Significa en los hechos renunciar a construir un partido diferente de Podemos, un partido obrero y socialista que Podemos no es.

 

5.1. Los “partidos amplios”, el trasfondo teórico de la “disolución”

Esta política hacia Podemos es el fruto de una caracterización del período actual y de una estrategia frente a él que ha llevado adelante el Secretariado Unificado, organización internacional a la que pertenece Anticapitalistas, durante la última década. Ha estado marcada por la voluntad de construir “partidos amplios”, que borraban las fronteras entre revolucionarios y reformistas. No realizaremos aquí el racconto de los resultados a lo que esta política ha llevado (con casos como Rifondazione Comunista en Italia, el Bloco de Esquerda en Portugal, etc.), sino que nos dedicaremos a señalar sus rasgos principales para comprender mejor el curso de Anticapitalistas respecto de Podemos.

Esta caracterización consiste en la consideración de que vivimos en el período de mayor reflujo de la clase trabajadora y de las organizaciones de izquierda desde los años 30. La época actual estaría signada por un espiral de crisis del movimiento obrero y la perspectiva cercana del fascismo. A su vez, la perspectiva revolucionaria estaría fuera del horizonte histórico: vivimos una época esencialmente de retroceso, marcada por la falta de alternativas. El período actual se inauguró con la caída del muro de Berlín, a lo que el Secretariado Unificado respondió con el tríptico “nuevo período, nuevo partido, nuevo programa”.

La traducción política de esta caracterización es que, por todo un periodo de tiempo (¿años, décadas, siglos?) las delimitaciones estratégicas con el reformismo perderían vigencia. En la medida en que la perspectiva revolucionaria está cerrada, ninguna diferencia fundamental traza una barrera infranqueable con el reformismo. Más aún; dado el crecimiento de la extrema derecha y los brutales ataques contra la clase trabajadora, no aliarse a sectores reformistas sería un crimen de leso sectarismo.

Éste es el trasfondo estratégico de la política de Anticapitalistas frente a Podemos. En un artículo posterior a la disolución de Podemos, Brais Fernández y Raúl Camargo explicaban que “la agudización brutal de la crisis capitalista nos obliga a repensar las líneas entre antineoliberalismo y anticapitalismo, entendiendo que los procesos de ruptura que implican a las grandes mayorías sociales, las decisivas para cambiar la historia, parten del rechazo a la austeridad y la falta de democracia”. En breve: como los ataques son muy fuertes y la gente se moviliza únicamente contra la “austeridad”, cómo se nos va a ocurrir a reflotar viejas discordias entre los revolucionarios (es decir, los anticapitalistas) y los reformistas (antineoliberales).

De ahí que la política de Anticapitalistas hacia Podemos no sea una mera cuestión “táctica”, como la presentan a veces sus dirigentes. Al contrario, forma parte de un proyecto estratégico puesto en pie a nivel internacional desde hace al menos una década: abandonar la construcción de organizaciones revolucionarias independientes claramente delimitadas del reformismo, en beneficio de “partidos amplios”, “anti austeridad”, donde reformistas y revolucionarios podrían convivir durante todo un período. Esta perspectiva es la base de toda la política oportunista de la dirección de Anticapitalistas respecto de Podemos.

Pensamos que la construcción de una organización revolucionaria debe tener una política para Podemos, pero esta política no puede ser la sumisión a la actual dirección ni al actual curso electoralista de Podemos. Si consideramos el actual curso de Podemos como modificable o corregible, si le consideramos un lugar de agrupamiento de sectores de luchadores honrados cuya conciencia política puede ser influenciada por posiciones revolucionarias, debemos construir en su seno una corriente política que se enfrente a su dirección con toda claridad, que alerte de sus claudicaciones, que fortalezca el perfil de sus diferencias, que se forme cotidianamente para responder a sus propuestas políticas, pero sobre todo. no debemos renunciar a construcción de partidos marxistas revolucionarios que levanten en alto un programa socialista con centro en la clase obrera.